miércoles, 27 de julio de 2011

Pasajero.

Trague las pastillas y bebí varios sorbos.
Luego escuché la canción. La ventana frente a la costa golpeaba, incesante, por los incansables soplidos de los muertos del mar, y entre tanto cuervos rojos de picos oscuros entraban a mi habitación. Movían las paredes haciendo todo a mi alrededor grande por momentos, y reduciéndolo al mínimo en otros.
Hasta que en un instante – aunque haya podido apreciar todo con sumo detalle- la habitación se redujo hasta dejarme inmóvil en la silla, mi cuerpo sobre la mesa, y escuchaba la canción. Y todo seguía encogiéndose, la pared, que torció la silla, que me torció, que torcí la mesa, y el vaso ya estaba en el piso, y la canción se oía ya senil, y justo cuando mis huesos comenzaban a crujir los muertos cesaron sus soplidos.
O quizás yo, cerré la ventana. 

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